Ducado de Lorbé

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Excmo. Duque de Lorbeia Excmo. Duque de Lorbé

La Batalla de Ayanito

Crónica del día en que Lorbeia no cayó

A Lorbé también se le conoce como el Ducado de Lorbeia históricamente. Corría un invierno gris y salitroso cuando el viento del oeste comenzó a traer presagios de desgracia. Las campanas de las torres costeras del Ducado de Lorbeia doblaban con un tañido grave, como si el hierro mismo presintiera la ruina. Desde los promontorios de Lorbeia se divisaban humaredas lejanas, columnas negras elevándose sobre los campos que hasta entonces habían sido fértiles y tranquilos. Las fuerzas del mal marchaban.


No era un ejército cualquiera, sino una conjunción de odios antiguos. Los séquitos de Ayan, disciplinados y crueles, abrían paso con lanzas largas y estandartes ennegrecidos. Tras ellos cabalgaba la Reina Inor, astuta y fría como el acero, cuyo nombre bastaba para hacer desertar a los más débiles. Y cerrando la columna, como una sombra pestilente, avanzaba Muelsa del Gangoso, señor de mercenarios y traidores, famoso por asedios interminables, ciudades reducidas a polvo y el conchaveo entre las cortes más oscuras y siniestras que sembraban el caos allá por donde ponían sus sucias manos. Su objetivo era claro: Lorbeia debía caer.

El cerco

Los muros resistieron las primeras embestidas, pero los arietes golpeaban con furia rítmica, como el latido de un monstruo. Flechas incendiarias cruzaban el cielo. Los campos ardían. Los caballos gritaban. El mar mismo parecía retroceder, espumoso, como si temiera presenciar la matanza. Durante tres jornadas, los defensores lucharon sin relevo.


Los víveres escaseaban. Los heridos se amontonaban en la capilla. Las murallas comenzaban a resquebrajarse. Muchos pensaron que el final estaba escrito. Se hablaba en susurros de rendición.

El instante más oscuro

Al cuarto día, el estandarte negro de Ayan fue clavado frente a la puerta oriental. La Reina Inor dirigía las catapultas con precisión implacable, y Muelsa prometía clemencia a cambio de traición. Algunos soldados lloraban. Otros rezaban. Parecía que Lorbeia sobrevivía apenas por terquedad. Y entonces, cuando el humo cubría el horizonte y la derrota estaba servida como un plato frío e inevitable… sonaron cuernos desde el norte.

La llegada

Desde las colinas del Monte Imperial, donde el terreno se eleva e impone respeto, tierra e Imperio amigo del ducado, apareció una columna brillante. Primero los estandartes dorados. Después la caballería pesada. Y al frente… el Duque. A su lado cabalgaba su amigo y consorte, conocido entre los suyos como el Imperator, estratega feroz y compañero inseparable, cuya sola presencia infundía orden al caos. Sus capas rojas ondeaban como una llama viva. Sus armaduras, manchadas de polvo del camino, resplandecían al sol naciente. Empuñaban el sable con determinación, no como adorno, sino como sentencia. El gran Imperator, enfurecido, portando el arcabuz, entonó:

— ¡Esto es la guerra! ¡Os vamos a dar Plimba y Plumba! ¡Al ataque contra los traidores y asquerosos miserables de Ayan, Muelsa e Inor!

No venían a negociar. Venían a terminar la guerra.

El contraataque

El Duque alzó la espada.

— ¡Lorbeia no se arrodilla! ¡Al ataque! ¡Abrid fuego a esos gusanos miserables!

Sus gritos recorrieron las murallas como un trueno. Los hombres cansados se pusieron en pie. Los heridos empuñaron lanzas rotas. Los tambores resonaron.

La puerta se abrió.

Y la carga comenzó.

La caballería descendió desde El Monte Imperial de Imperator como una avalancha de hierro. El Imperator dirigió la maniobra envolvente, cortando las líneas de Ayan. El Duque, sable en mano, se abrió paso entre enemigos con una furia serena, cada golpe preciso, cada avance irrevocable. Se dice que donde pisaba su caballo, el miedo cambiaba de bando.

La Reina Inor intentó reorganizar a los suyos, pero sus filas se quebraron. La Reina entonces sufrió un golpe de mala suerte, cayendo de su caballo y siendo aplastada por el mismo. Muelsa intentó huir despavorido cual gallina en invierno antes de que terminara la tarde, pero fue apresado por los hombres de Imperator. Muelsa intentó entonces tenderles una emboscada cuando le perdonaron la vida, lo cual provocó que Muelsa fuera ajusticiado en la horca al día siguiente. Los séquitos de Ayan, antes orgullosos, se dispersaron como ceniza en el viento. Ayan sucumbió ante el sable del Duque, quién no dudó de atravesarle el pecho, vengando así a las miles de víctimas que por culpa de Ayan fenecieron de manera sanguinaria y atroz

El cerco se convirtió en desbandada. Los soldados que quedaron vivos del oponente huyeron por patas, y los que no pudieron hacerlo, fueron apresados, y posteriormente, juzgados.

La victoria

Al caer la noche, Lorbeia seguía en pie. Las antorchas iluminaban los muros. El mar volvió a sonar tranquilo. Los supervivientes levantaron vítores que se escucharon hasta las aldeas del interior. No había sido solo una victoria militar. Había sido una declaración.

Lorbeia no sería conquistada mientras su Duque cabalgara al lado de su socio y aliado el Imperator del Monte Imperial.

Desde entonces, los cronistas escriben que aquel día no se ganó una batalla, sino que se salvó el alma del ducado.

— Fue el día en que el Duque levantó el sable… y el miedo cambió de dueño. Fue el día en que el Imperator hizo al Duque ser el Duque del Ducado de Lorbeia.

Excmo. Duque de Lorbeia La batalla de Lorbeia, con el Duque e Imperator respectivamente derrotando de izquierda a derecha, a Inor, Ayan y Muelsa.